Continuamente experimentamos nuestra personal ineficacia.
A veces, parece como si se juntasen todas estas cosas, como si se nos manifestasen con mayor relieve, para que nos demos cuenta de cuán poco somos. ¿Qué hacer?
Espera en el Señor; vive de la esperanza, nos sugiere la Iglesia, con amor y con fe.
Pórtate varonilmente. ¿Qué importa que seamos criaturas de lodo, si tenemos la esperanza puesta en Dios? Y si en algún momento un alma sufre una caída, un retroceso -no es necesario que suceda-, se le aplica el remedio, como se procede normalmente en la vida ordinaria con la salud del cuerpo, y ¡a recomenzar de nuevo!
(...) Ante nuestras miserias y nuestros pecados, ante nuestros errores -aunque, por la gracia divina, sean de poca monta-, vayamos a la oración y digamos a nuestro Padre: ¡Señor, en mi pobreza, en mi fragilidad, en este barro mío de vasija rota, Señor, colócame unas lañas y -con mi dolor y con tu perdón- seré más fuerte y más gracioso que antes!
Una oración consoladora, para que la repitamos
cuando se destroce este pobre barro nuestro.
Reza el Santo Rosario cada día. Pide por la paz en mundo.

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