La sinceridad es indispensable para adelantar en la unión con Dios. –Si
dentro de ti, hijo mío, hay un "sapo", ¡suéltalo! Di primero, como te
aconsejo siempre, lo que no querrías que se supiera. Una vez que se ha
soltado el "sapo" en la Confesión, ¡qué bien se está! ¡Dios sea bendito!, te decías después de acabar tu Confesión sacramental. Y pensabas: es como si volviera a nacer. Luego, proseguiste con serenidad:Señor, ¿qué quieres que haga? –Y
tú mismo te diste la respuesta: con tu gracia, por encima de todo y de
todos, cumpliré tu Santísima Voluntad: ¡te serviré sin condiciones! La humildad lleva, a cada alma, a no desanimarse ante los propios yerros. –La verdadera humildad lleva... ¡a pedir perdón!
Si yo fuera leproso, mi madre me abrazaría. Sin miedo ni reparo alguno, me besaría las llagas. San Damián puso sus ojos en el Corazón de María, para tomarla como modelo de fe obediente, de mirada contemplativa y de solicitud maternal. Antes
de morir, dijo San Damián de Molokai: “Qué dulce se me hace el morir,
cuando pienso que muero como hijo de los Sagrados Corazones”. Después de cuatro terribles años de
sufrimiento, con el cuerpo totalmente llagado, el 15 de abril de 1889
moría el Padre Damián en Molokai como un leproso más. Antes de morir
pronunció estas palabras: ¡Qué dulce es morir hijo de los Sagrados Corazones!
Por la herida del costado abierto, Jesús había mostrado la causa
verdadera de su muerte: su Corazón. Fue también el amor, más que la
lepra, quien llevó a Damián temprano a la muerte. –Pues,
¿y la Virgen Santísima? Al sentir que tenemos lepra, que estamos
llagados, hemos de gritar: ¡Madre! Y la protección de nuestra Madre es
como un beso en las heridas, que nos alcanza la curación. Rezamos el Santo Rosario, cada día pedimos por los misioneros. Por los enfermos, por la Paz en el mundo
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