Querido hermano:
Querido hermano:
En un antiguo himno de Pentecostés se decía: “Sobrevino un fuego divino que no quema, sino ilumina; no consume, sino resplandece.”
Nos preguntamos: ¿Por qué dice que este fuego no consume? Está claro: este fuego consume las espinas y aguijones de los vicios y la herrumbre de los pecados. No consume la naturaleza, sino que la purifica.
San Juan de la Cruz nos dirá que los efectos de la llama de amor viva son dos: purifica el alma e infunde fuerza y viveza y ardor por Dios.
El fuego que Cristo quiere encender en el mundo y en su Iglesia no se conforma con purificarnos del pecado sino que prolonga su acción en nosotros hasta hacernos fervientes en el Espíritu.
Se comporta como el fuego cuando prende en la leña húmeda: primero limpia, haciendo salir ruidosamente de ella todas las impurezas. Después la va inflamando progresivamente hasta volverse incandescente y transformarse ella misma en fuego.

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