Querido hermano:
La comunidad de Juan estaba formada por judíos que habían aceptado a Jesús como mesías, como hijo de Dios enviado para nuestra salvación; esa fe les había costado el rechazo de sus hermanos de raza y religión, y su sufrimiento solo tenía sentido gracias a la garantía del amor de Dios realizado en Jesús.
En este
texto, Jesús nos asegura su acogida, la formación de una nueva
comunidad en la que los rechazados pueden volver a sentirse
integrados, parte de una asamblea de hermanos en la que Él ocupa el
centro.
Pero hay más, nuestro movimiento hacia Jesús tiene su origen en la voluntad secreta del Padre, es Él quien mueve nuestro corazón hacia Jesús, quien ofrece nuestras propias personas como don para Jesús. Sentirse perdidos implica la angustia de haber perdido el camino, el desconocimiento de los pasos a dar, de la meta que se persigue.
Cuando
uno anda perdido duda de cualquier avance que haga, porque ha perdido
los puntos de referencia y no sabe si sus esfuerzos lo llevan en la
dirección correcta
Con Él ni siquiera la propia muerte puede vencernos, porque Él mismo nos dará la vida plena, auténtica, al final del tiempo. La vida eterna no es «la otra vida», es esta misma vida llevada a plenitud por la gracia del amor de Dios.
Y todo esto como consecuencia de la fe al creer en Jesús como enviado del Padre, como Hijo de Dios. La fe no es una idea que tenemos en la cabeza, que nos hace exclamar «sí, yo creo en Jesús». La fe en el motor de todas las acciones de nuestro día, es la motivación para levantarnos por la mañana, la fuerza que nos hace superar las dificultades, la energía que impide que nos detengamos y sucumbamos al vacío. Es muy fácil decir «tengo fe», pero la auténtica fe se demuestra en las opciones del día a día, en las actitudes que anidan en el corazón.

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